Juan predica en el desierto y su voz nos sobrecoge y se anuncia como la voz que clama en el desierto, llamando la conversión bautizando con agua en el Jordán. Nos sumergimos en la escena y vemos cómo la gente se acerca al río para que Juan les bautice con agua.
Juan nos dice que bautiza con agua, pero detrás de él viene alguien que nos bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Seguimos contemplando la escena y comprobamos la sencillez de la gente, se trata de las personas más necesitadas y desfavorecidas. Jesús también espera para bautizarse, como cualquiera de nosotros, con toda sencillez y tranquilidad y entre los más necesitados. Y tras el bautismo, el Espíritu del amor de Dios se manifiesta en Jesús como Hijo Amado, su predilecto.
Y sentimos como Jesús nace del agua y del Espíritu y escucha la voz de Dios en su interior, tomando conciencia de lo que significa Dios en él. Y también nosotros nos sentimos sobrecogidos por la escena y escuchamos la voz del Espíritu de Dios que resuena en nuestro interior y sentimos el amor de Dios en nosotros.
Cada semana, unimos la Palabra y el canto para ayudar a profundizar en la Oración.
Los cascabeles nos llaman a la oración y nos recuerdan la Alegría del Evangelio.
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2023/08/20
2020/01/05
Ciclo A Domingo III del Tiempo de Navidad: Bautismo de Jesús (ANAV03)
¡La trascendencia de Dios se abre a nosotros en Jesús, el Salvador!
Con Jesús en la cola de los necesitados, los cielos se abren a la tierra.
Entramos en la escena, nos situamos allí junto al Jordán. Vemos que Jesús se acerca, tranquilo, invadido por el amor que le impulsa a seguir su misión de una nueva vida de entrega, con fidelidad, hasta el final. Sus pasos son firmes y llenos de paz y se acerca a la cola con los necesitados, como uno más, despojado totalmente de sí.
Sumergidos en la escena, estamos conmocionados y valoramos la sencillez de lo pequeño, de lo escondido, de lo que no es apariencia. Nos acercamos y levanta su mirada a la nuestra. Es un momento intenso que nos traspasa totalmente el interior: La mirada de Dios es amor y nos invade mientras contemplamos la sencillez de Jesús y su cercanía..
Dios Padre se manifiesta en Jesús, en el Espíritu, y nos presenta a nuestro Salvador, el Hijo de Dios, el Amado... Quedamos enmudecidos y sobrecogidos por la manifestación sobrenatural que nos trasciende. Con Jesús se abre nuestra condición de hijos de Dios, en el Hijo, en Jesús, nuestro Bien.
En silencio, contemplamos estos misterios. Dios nos abraza para siempre a cada uno de nosotros como hijos suyos.
Entramos en la escena, nos situamos allí junto al Jordán. Vemos que Jesús se acerca, tranquilo, invadido por el amor que le impulsa a seguir su misión de una nueva vida de entrega, con fidelidad, hasta el final. Sus pasos son firmes y llenos de paz y se acerca a la cola con los necesitados, como uno más, despojado totalmente de sí.
Sumergidos en la escena, estamos conmocionados y valoramos la sencillez de lo pequeño, de lo escondido, de lo que no es apariencia. Nos acercamos y levanta su mirada a la nuestra. Es un momento intenso que nos traspasa totalmente el interior: La mirada de Dios es amor y nos invade mientras contemplamos la sencillez de Jesús y su cercanía..
Dios Padre se manifiesta en Jesús, en el Espíritu, y nos presenta a nuestro Salvador, el Hijo de Dios, el Amado... Quedamos enmudecidos y sobrecogidos por la manifestación sobrenatural que nos trasciende. Con Jesús se abre nuestra condición de hijos de Dios, en el Hijo, en Jesús, nuestro Bien.
En silencio, contemplamos estos misterios. Dios nos abraza para siempre a cada uno de nosotros como hijos suyos.
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